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Un eco viaje a la Amazonia

Carlos María Rimoldi creció en la cordillera junto al mar en Ushuaia. Durante su adolescencia se trasladó a Buenos Aires donde estudió Diseño Industrial, pero durante su desarrollo personal empezó a reflexionar sobre el uso desmedido de elementos que afectan al medioambiente. Su reflexión generó una encrucijada que lo llevó por un camino increíble en contacto con la naturaleza.

«Comprendí al fin, que el estilo de vida de un diseñador industrial está confinado a vivir entre cuatro paredes, muy alejado de la naturaleza pura de la que procedía y que, ante todo, disfruto por de más el vivir rodeado de su magia. Esa crisis existencial o bendición, hizo que le diera un giro a mi vida y valorara ese momento como la oportunidad de atreverme a dar un salto al vacío y dedicar mi energía a recorrer los extensos rincones de esta nave Tierra, en la que venimos viajando. Desarmar la estructura de seguridades que tenía en la ciudad me llevó varios años, ahora sólo cargo con unos 17 kg físicos en mi espalda y varios personajes con los que juego sin ser ninguno al fin. Como cuando de niños jugábamos a ser «el señor de la tienda», entre ellos tengo este, que es uno de los que más disfruto.»

-¿Cuando comenzó tu viaje?

Salí de Argentina el 28 de diciembre de 2008 y regresé a visitar a mi mamá siete años después. Esos siete años los dediqué casi completos a la sala de máquinas de esta nave: «la selva del Amazonas».

-¿Como fue tu experiencia dentro del Amazonas?

Conocer la selva adentro acompañado de biólogos, ingenieros forestales, cuidar una casa repleta de micos (monos), alimentar a un manatí bebe, monitorear tortugas, vivir entre indígenas y estar en uno de los sitios más remotos y sagrados de la selva colombiana, fueron regalos de los amigos o ángeles que encontré en mi camino y que valoraron mi trayectoria y labor como voluntario.

Estoy vinculado con instituciones como Parques Nacionales Naturales Colombia, Fundaciones, Reservas Naturales privadas y espacios donde se practica la permacultura. Así aprendí a vivir sin dinero y a ganarme el día con mis virtudes, haciendo algo que gracias a las conferencias de Brigitte Baptiste (bióloga colombiana, experta en temas ambientales y biodiversidad en Colombia, Directora del Instituto de Investigación de Recursos Biológicos Alexander von Humboldt y rectora de la Universidad EAN) logré definir como: AGRADACIÓN AMBIENTAL.

-¿Cuál sería tu trabajo dentro de éste viaje?

En cada sitio que visito hago trabajos variados a cambio de las necesidades básicas. El primero que hice, fue documentar fotográficamente la construcción tradicional indígena de una balsa de totora en el Lago Titicaca, Bolivia. En parques nacionales de Colombia colaboré mejorando sus sedes e incluso diseñé y construí una cabaña de control en el raudal Jirijirimo. Para ello tuvimos que subir los materiales durante siete días por un río muy accidentado y también tuve el privilegio de realizar la edición de un vídeo sobre el trabajo que hacen los indígenas junto a parques nacionales, para conservar un animal sagrado «la tortuga charapa»; pero lo que más disfruto es cultivar y crear paisajes. En todos los trabajos que realizo, utilizo lo que tengo a mano. Evito comprar insumos o herramientas y eso hace que sean diseños muy particulares.

Tortuga charapa

Cada momento épico del viaje lo guardo en mi banco de imágenes mentales o también a través de una anécdota de lo que trascendió. Ocasionalmente algunos momentos los logro registrar virtualmente con mi viejita y mimada camarita y las narro cuando me llega la inspiración.

Arboles para el futuro -Parque Nacional Natural Amacayacu, Amazonas, Colombia. Coordinando el grupo que sembró 8.000 árboles nativos.

-¿Como reacciona la gente ante tus historias, tus viajes?

Cuando conozco a ciertas personas y les cuento una de mis historias, dicen que debería escribir un libro, yo solo me río por no pecar de narcisista. De alguna manera con estas crónicas suplo esas peticiones, acompañadas de mi propia necesidad de transmitir a otros las vivencias que van transformando a mi ser y que quizás a través de estas, retroalimente a un otro que esté dispuesto a observar la existencia desde una perspectiva diferente, como le acontece cotidianamente a mi persona durante el viaje.

Cuando comencé con Eco viajero, pensaba que una buena foto con un texto corto era lo que la gente podía tolerar en internet, pero hubo algunas en que no me contuve en profundizar sobre las palabras necesarias para intentar representar el valor de la vivencia. Lo inesperado fue que de esa manera tuve mayor aprobación. Casi siempre son historias que he contado reiteradas veces, pero llega un día en que siento que ya se vuelve necesario ordenarlas para que lleguen a más personas y eso sucede en un momento particular de mi presente. Reiteradas veces en el acto de narrarlas ya sea escribiendo o relatándolas verbalmente, se me caen las lágrimas de agradecimiento al ser consciente de haber podido experimentar tanta felicidad en el trayecto caminado.

«Mis Pasiones – Passifloras – Bol – Col Entre las flores más bellas de esta tierra, se encuentra esta familia de las Passifloras. A la izquierda está la flor de la sabrosa fruta Tumbo que crece incluso en los fríos del lago Titicaca (2017). La de la derecha es la flor de la otra deliciosa fruta, llamada granadilla, que crece también en la selva amazónica de Colombia (2013)»
Ecoviajero en las plantaciones de tabaco en Colombia

-¿Como comenzaste el blog «Ecoviajero»?

Ecoviajero comenzó en formato de blog, usando las fotos y relatos de los mails que le escribía a mi familia y amigos sobre mis sucesos. Pero de retorno al sur, evidencié el porqué era tan limitada la repercusión por ese medio, optando finalmente por soltarme a fluir con la corriente y dejar de negarme a entrar a Facebook. Con ese cambio, vivencié personalmente la adicción que este medio genera en nosotros, comprendiendo así el porque la gente le dedica tanto tiempo. Al principio me indignaba con la dinámica actual de diálogo, en el sentido de que es «normal» el modesto letargo en su feedback, como decir: «hola, como estas?»… y a los días llegaba un: «bien, gracias y vos»… y esperaría otros diitas por la siguiente palabra. Para ese entonces ya había maldecido a la era de la comunicación y no tenía interés en continuar el diálogo con alguien que no tuviera la disposición para lo que yo estaba acostumbrado.

Vivir eso y observar en el 2016 la casi extinción de los locutorios en Buenos Aires, me dio la certeza de que no podría mantenerme mucho tiempo más sin un celular. Es así, que en el 2017, me solté a eso también y comprendo mejor como se comunica ahora la gente, finalmente terminó siendo una gran herramienta para la redacción, ya que no tengo que estar apresurado en alcanzar a cerrar una idea, mientras me preocupa que van a cerrar el ciber o pensando en cuantas moneditas me estoy por gastar; a la vez me nutre mucho disponer de un diccionario y la gran ayuda de los sinónimos, todo condensado en mi dedo índice.

«Las dueñas de comida»

«Estas bellas y fuertes mujeres líderes indígenas, son las representantes de siete etnias de uno de los lugares más remotos de Colombia. Su millón de hectáreas de territorio ancestral, hacen parte de uno de los 62 Parques Nacionales Naturales de este país; petición realizada ante el estado por esos mismos grupos originarios, como alternativa ante la presión minera canadiense que se presentaba en sus tierras.

Entre ellas, están las llamadas «dueñas de comida», la máxima jerarquía social de la mujer, título al que solo acceden unas pocas elegidas al momento de nacer, requiriendo a su vez de muchísimo estudio posterior; son las encargadas de custodiar las diversas semillas entregadas por los dioses a cada etnia y de transmitir el conocimiento para mantener la abundancia de su selva; herencia que sostienen desde el origen de la vida hasta hoy, mediante bancos de semillas vivas almacenadas en sus cultivos denominados «Chagras».

«Las «maestras del monte y la siembra», solicitaron a la mencionada institución mi acompañamiento como voluntario, para participar del taller de formación de mujeres líderes que dictaba una reconocida fundación que trabaja en el amazonas de dicho país.

Como hombre, compartir esas tres semanas entre sabias mujeres, fue una bendición y mientras participábamos del taller les pregunté intrigado: «¿a qué se debe su invitación?»respondieron así: ¿queremos saber porqué un blanco como usted que ha estudiado, trabaja sin recibir dinero ayudando a proteger nuestro territorio?. Para responderles utilicé el espacio nocturno, donde proyecté imágenes que acompañaban el relato del origen del mundo desde la visión occidental; desde donde supuestamente venimos, como estamos y hacia a donde vamos… mientras una de ellas traducía el cuentito a su lengua, en cierto momento entró en pánico y tuvo que continuar la traducción su hermana; nunca nadie antes les había mostrado el universo, el planeta tierra y toda la destrucción que venimos heredando. A diferencia de nuestra ciencia occidental sustentada en lo comprobable físicamente, la ciencia indígena se basa en los alcances del pensamiento; recreando un mundo mental sustentado en extensas historias que relatan el origen de cada ser que existe. En cada uno de estos relatos se esconde el secreto para la curación de un mal o enfermedad. Con los pueblos amazónicos que conviví, tener esas experiencias es algo cotidiano, tienen otra estructura de pensamiento y cuanto más convivo entre ellos más me transformo.» cuenta Carlos.

-¿Qué proyectos tienen en marcha?

Los últimos tres años, los he caminado junto a Natalia Harumi Mora (colombiana), que es la compañera de Eco viajero y la apodo como «Arjuna», tarde o temprano tendrá que mostrarnos su mirada femenina.

Apenas nos conocimos, acababa de comenzar un trabajo que no sabía que iba a ser tan relevante en nuestras vidas. Es un jardín-parque en la selva del Putumayo, Colombia. Reforestamos una tierra sagrada que estaba totalmente degradada por las fumigaciones aéreas para erradicar la coca, sumado a la presencia de ganadería. Esta tierra pertenece a la máxima autoridad del pueblo indígena Cofan, un abuelo que ahora tiene 107 años de edad.

Regresando a Colombia en 2017 lo fui a conocer, ya que había escuchado mucho sobre él. Un día por la mañana lo vi agarrar su machete y comenzar a limpiar el terreno junto a su casa ceremonial que se estaba montando, él no tiene pereza, pero me dio pena y le dije: «abuelo, yo me encargo de eso», a los días que vio como trabajaba, me dijo: «hágame un jardín para sembrar nuestras medicinas».

Para Semana Santa del 2017 sembramos con Harumi los primeros quince árboles y luego fuimos aumentado. Llevamos más de cien entre las diversas plantas que sembramos allí.  El pago por estos trabajos no es económico, es el de crear lazos humanos fuertes y saber que nuestro paso por la tierra deja más que una huella ecológica, deja una huella de abundancia.

Mientras hacíamos ese trabajo pasó otro sabedor, el abuelo Rodolfo de la etnia Murui y me dijo «realmente usted me dejó sorprendido, usted nos vino a recordar como se hace familia, eso es lo que usted está haciendo aquí, el policultivo es lo que perdimos por enfocarnos en el monocultivo y eso es lo que nos está acabando», sus palabras valieron más que todo el dinero que podría haber recibido y sentir que sí valió la pena aguantar tanto solazo con mi pala. Pude disfrutar al verlos bailar «pisando» el jardín y revivir sus orígenes. Esta es una de las escalas obligadas en el viaje que continúa entre Argentina, Bolivia, Perú, Ecuador, Colombia y la frontera nueva que aparezca.

En cada país tenemos una parte de nuestra familia de la vida esperándonos, donde ya hemos realizado algún trabajo y sembrado lazos humanos que hay que abonar y a veces podar. Juntos hemos sido voluntarios en reservas y fundaciones a las que queremos continuar apoyando. El primero fue un Parque Nacional marino, donde vivenciamos la preocupante situación de los desechos plásticos. Vivimos dos meses en playas remotas paradisíacas y nunca imaginé que la basura llegaría por el mar. Igualmente siempre que nos preguntamos cual de todas las casas y sus jardines es la que más nos gustaría para hechas raíces, ambos miramos con buenos ojos la del jardín grande: la selva amazónica. Ahora que está todo revuelto en el mundo es cuando más valoró la apuesta de vida que escogí hace más de once años atrás y me dije a mi mismo: sólo quiero lo necesario para hacer lo que me gusta: cuidar de la madre tierra.

 


Para más información sobre Ecoviajero podes encontrarlo en: https://www.facebook.com/donchamu/

y también en su blog: www.instagram.com/eco_viajero

 

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Entregarán miles de plantines a familias trabajadoras de la tierra.

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El autor

Milagros Seijas

Milagros Seijas

Periodista. Egresada de la Universidad Católica Argentina.
Paisajista. Estudiante de la Sociedad Argentina de Horticultura.
Jardinería. Escuela Hall, Universidad de Buenos Aires.

1 Comentario

  1. Patricia Tremoceiro
    31/07/2020 de 21:57 — Responder

    Felicitaciones Milagros por tus trabajos! Estoy feliz de reencontrarte convertida de este modo y transmitiendo materiales tan interesantes como valiosos.

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